Mbappé contra las apuestas: cuando el fútbol nos vende el casino
- contra corriente
- 6 jul
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Columna de opinión | Josefa Guzmán

Kylian Mbappé no es solo una figura a mirar por su desarrollo como jugador, sino que también por su desarrollo como una influencia. Mbappé ha decidido no prestar su imagen para promocionar casas de apuestas abriendo una discusión pública frente a cómo entendemos el deporte. Hoy vemos un futbol capturado por marcas, plataformas digitales y negocios millonarios que lucran por la pasión popular de millones de personas, entre estos negocios los casinos digitales que lucran con la ilusión, la ansiedad y la promesa de dinero fácil.
El hecho de que Mbappé se niegue a ser parte de propaganda de casas de apuestas no es una simple decisión personal, tampoco es un gesto aislado por parte de esta estrella mundial, es una declaración política frente a un deporte que ha sido entregado a grandes empresarios con contratos publicitarios y hoy pone en jaque si seguiremos permitiendo que una de las expresiones populares más masivas del mundo sea utilizada para normalizar las apuestas.
Este no es un hecho reciente, las casas de apuestas se han instalado en el futbol casi sin resistencia por las instituciones. Primero aparecieron como auspiciadores secundarios, luego en camisetas, transmisiones deportivas, relatos de partidos, redes sociales, influencers y figuras públicas. Hoy parecen estar en todas partes. Ver un partido ya no es solo mirar fútbol: también es recibir llamados permanentes a apostar, jugar, arriesgar y convertir cada gol, cada tarjeta o cada resultado en una posibilidad de ganancia.
El problema no es menor. El fútbol no es cualquier espectáculo. Es barrio, memoria, identidad, conversación familiar, plaza, escuela y comunidad. Para millones de personas, el fútbol representa pertenencia. Precisamente por eso, cuando una industria como la de las apuestas se apropia de ese vínculo emocional, no estamos frente a una simple estrategia comercial. Estamos frente a una forma de explotación de la pasión colectiva.
Mbappé lo dijo con crudeza: las apuestas han destruido a mucha gente. Y esa frase importa porque no viene desde una mirada moralista ni desde una condena abstracta al juego. Viene desde alguien que conoce el origen popular del fútbol y que entiende lo que ocurre en barrios donde la promesa de dinero rápido puede transformarse en endeudamiento, frustración y dependencia. En esos territorios, el casino online no aparece como entretenimiento inocente, sino como una salida falsa frente a la precariedad.
Ahí está el punto central. Las apuestas no se venden solamente como juego, se venden como oportunidad. Como si bastara saber de fútbol, tener intuición o seguir una “racha” para ganar dinero. Pero la industria no se sostiene porque la gente gane, sino porque la mayoría pierde. Su negocio descansa sobre esa desigualdad: mientras más personas apuestan, más crecen las ganancias de las plataformas.
Por eso la publicidad importa. Cuando un ídolo deportivo presta su rostro a una casa de apuestas, no solo está promocionando una marca, sino que está legitimando una práctica. Está diciéndole a millones de jóvenes que apostar es parte natural de vivir el fútbol. Que no basta con alentar, mirar o jugar: también hay que poner plata. Y cuando esa idea se instala desde figuras admiradas, camisetas de clubes o transmisiones oficiales, el mensaje se vuelve todavía más poderoso.
En Chile, esta discusión también nos toca directamente. Las plataformas de apuestas online han ganado presencia en el deporte, en redes sociales y en la cultura juvenil, muchas veces avanzando más rápido que la regulación. Mientras el debate institucional se demora, la publicidad ya hizo su trabajo: instaló códigos promocionales, bonos de bienvenida, relatos de ganancia fácil y una presencia constante en los espacios donde las juventudes consumen deporte y entretenimiento.
No se trata de prohibir por prohibir ni de tratar a las personas como incapaces de decidir. Se trata de reconocer que no todas las industrias operan con el mismo nivel de daño potencial y que no toda publicidad es inocente. Cuando una actividad puede derivar en ludopatía, endeudamiento y deterioro de la salud mental, el Estado, los clubes, las federaciones y los medios no pueden mirar hacia otro lado. Mucho menos cuando niñas, niños y adolescentes están expuestos permanentemente a esos mensajes.
El fútbol, además, tiene una responsabilidad social que no puede seguir siendo usada solo para campañas maquilladas. Los clubes hablan de comunidad, inclusión, barrio y valores, pero muchas veces terminan entregando su camiseta, su escudo y su hinchada a marcas que convierten cada emoción en una apuesta. Esa contradicción debe ser discutida. No basta con hablar de “fútbol popular” mientras se acepta que la pasión de la gente sea monetizada por plataformas que empujan al riesgo permanente.
La decisión de Mbappé incomoda porque rompe una cadena de obediencia comercial. En un mundo donde se espera que los deportistas sonrían, firmen y vendan cualquier producto, decir que no también es una posición política. No porque resuelva el problema por sí solo, sino porque demuestra que las figuras públicas pueden poner límites. Que no todo contrato vale lo mismo. Que no toda marca merece ocupar el lugar simbólico que tiene el deporte en la vida de las personas.
La discusión de fondo es qué fútbol queremos. Uno convertido en casino permanente, donde cada jugada es una transacción y cada hincha un potencial apostador. O uno que siga siendo espacio de encuentro, identidad y alegría colectiva. La industria ya eligió su camino: transformar la emoción en negocio. Ahora corresponde que clubes, federaciones, medios, autoridades y también las hinchadas disputen el sentido contrario.
Porque el fútbol puede ser industria, espectáculo y competencia, sí. Pero antes que todo eso, sigue siendo una pasión popular. Y si realmente queremos defenderlo, también hay que defenderlo de quienes buscan convertir cada grito de gol en una oportunidad para apostar.
El gesto de Mbappé no debería quedarse como una anécdota del Mundial. Debería servirnos para mirar con más atención lo que ya tenemos frente a los ojos: una industria que se instaló en el corazón del deporte y que hoy necesita ser regulada, limitada y cuestionada públicamente.
El fútbol no puede seguir siendo la puerta de entrada al casino. Menos aún para una generación que ya carga con demasiadas formas de precariedad, ansiedad y promesas rotas. Necesitamos un futbol con menos figuras como Arturo Vidal quien es dueño hoy de una casa de apuestas, y formar más Mbappé que conocen el costo de la ludopatía en las vidas de sus hinchas.
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