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El espejismo paraguayo de Kast: bajos impuestos, crecimiento desigual y pobreza persistente

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    contra corriente
  • 7 jul
  • 4 min de lectura

El Presidente presentó a Paraguay como una prueba de que reducir impuestos permite alcanzar mayor crecimiento. Sin embargo, la experiencia paraguaya muestra una economía sostenida por un régimen tributario históricamente bajo y regresivo, cuyos beneficios no se han distribuido de manera equitativa. La comparación también deja una paradoja: el crecimiento chileno que Kast suele reivindicar estuvo acompañado por sucesivos aumentos de impuestos durante los gobiernos de la Concertación.


Durante su intervención ante el Congreso de Paraguay, el Presidente José Antonio Kast calificó al país como “un ejemplo para toda la región” por su estabilidad económica, su capacidad para atraer inversión extranjera y la reducción de la pobreza. “El progreso que ha demostrado Paraguay en los últimos años es un modelo a evaluar y a analizar, porque bajando impuestos han crecido”, afirmó, utilizando el caso paraguayo para respaldar la reforma con la que su gobierno busca reducir progresivamente el impuesto corporativo chileno desde un 27% hasta un 23%.


El problema es que la explicación entregada por Kast no coincide completamente con los datos. Paraguay no experimentó recientemente un giro desde una elevada carga tributaria hacia impuestos bajos. Por el contrario, se trata de un modelo construido durante décadas bajo el dominio casi ininterrumpido del conservador Partido Colorado, colectividad que ha controlado el gobierno paraguayo durante cerca de ocho décadas, con la breve excepción del periodo comprendido entre 2008 y 2013.


Los bajos impuestos, por tanto, no representan una política novedosa que haya provocado repentinamente el crecimiento del país, sino una característica histórica de su economía. Incluso la afirmación de que Paraguay ha crecido “bajando impuestos” resulta discutible: según la OCDE, la recaudación tributaria paraguaya aumentó desde un 11,6% del PIB en 2000 hasta un 14,5% en 2023. Continúa siendo una de las cargas más bajas de América Latina —muy por debajo del promedio regional de 21,3%—, pero la tendencia de largo plazo ha sido al alza y no a la baja.



Crecimiento que no llega a todos


Es cierto que Paraguay atraviesa un periodo de importante expansión económica. Su PIB creció alrededor de un 6,6% durante 2025 y el Banco Mundial proyecta un crecimiento cercano al 4,4% para 2026. Sin embargo, el organismo vincula ese desempeño al consumo interno, la inversión, el rendimiento agrícola y a un modelo exportador basado en productos como la soja, la carne, el maíz y la energía hidroeléctrica. Reducir todo este proceso a los impuestos omite la estructura productiva y las condiciones internacionales que sostienen la economía paraguaya.


También omite quiénes están recibiendo los beneficios de ese crecimiento. Cerca de uno de cada cinco paraguayos continúa viviendo en situación de pobreza; la desigualdad se mantiene elevada, con un índice de Gini de 44,2, mientras que la informalidad laboral alcanzó un 60,3% durante 2025. Es decir, seis de cada diez personas ocupadas trabajan fuera de empleos plenamente formalizados, con menor estabilidad y protección social.


La baja recaudación limita además la capacidad del Estado para invertir en derechos sociales. El Banco Mundial advierte que el gasto público paraguayo representaba un 21,8% del PIB en 2021, frente a un promedio latinoamericano de 29,7%. Esta diferencia reduce los recursos disponibles para educación, salud y asistencia social, áreas fundamentales para combatir la pobreza y disminuir las desigualdades.


A ello se suma un sistema tributario profundamente desigual. Mientras los impuestos sobre bienes y servicios representaron un 7,5% del PIB paraguayo en 2023, la recaudación proveniente del impuesto personal a la renta alcanzó apenas un 0,1%. El IVA constituye la principal fuente de ingresos tributarios y su impacto es regresivo: según el Banco Mundial, equivale aproximadamente al 5% de los ingresos de los hogares más pobres, pero solo al 1% de los ingresos del decil más rico.


Por eso, Paraguay puede exhibir buenos indicadores macroeconómicos sin que aquello se transforme automáticamente en mejores condiciones de vida para toda su población. La economía crece, pero lo hace sobre una estructura en la que los sectores populares aportan proporcionalmente más mediante impuestos al consumo, mientras los ingresos personales y los grandes patrimonios tienen una participación reducida en la recaudación.



Kast y la paradoja de la Concertación


La defensa de Kast al “modelo paraguayo” también encierra una contradicción respecto de la historia económica chilena. Cuando el mandatario elogia la estabilidad, la atracción de inversiones y la reducción de la pobreza, termina acercándose al mismo relato con el que durante décadas se defendieron los gobiernos de la Concertación.


Sin embargo, aquella experiencia no estuvo basada simplemente en bajar impuestos. La reforma tributaria impulsada en 1990 elevó el IVA desde un 16% hasta un 18%, aumentó la tributación promedio de las personas desde un 10% hasta un 15% y subió el impuesto a las empresas desde un 10% hasta un 15%. Posteriormente, la tasa corporativa aumentó gradualmente hasta llegar al 17% en 2004, mientras el IVA fue elevado al 19% durante el gobierno de Ricardo Lagos.


Esto no convierte a la Concertación en un modelo de justicia tributaria. El IVA siguió ocupando un lugar central, la desigualdad permaneció y buena parte de la estructura económica heredada de la dictadura no fue modificada. Pero demuestra que incluso el ciclo de crecimiento chileno que hoy la derecha suele presentar como exitoso estuvo acompañado por una ampliación gradual de la recaudación para financiar políticas públicas y mantener los equilibrios fiscales.


Kast intenta presentar a Paraguay como evidencia de que basta con reducir impuestos para generar prosperidad. Los datos cuentan una historia más compleja: la carga tributaria paraguaya aumentó durante las últimas décadas, el crecimiento depende de múltiples factores productivos y todavía convive con pobreza, informalidad y una fuerte desigualdad.


La verdadera discusión, entonces, no es solamente cuánto crece una economía. También importa quién se apropia de ese crecimiento, quién financia al Estado y cuánto de la riqueza producida regresa a la población mediante salud, educación, seguridad social y empleos dignos.

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